Salamanca

Al oeste de la península Ibérica, entre Castilla y Portugal, frontera entre las tierras trigueras del norte y las dehesas de encinas al sur, la ciudad de Salamanca contempla su imagen reflejada en el Tormes. Es ciudad pequeña y provinciana —y a mucha honra—, alejada geográfica y espiritualmente de los centros de poder salvo en periodos muy concretos de su historia. Pero al mismo tiempo es muy abierta, porque los 40.000 estudiantes venidos de todo el mundo que descubren cada mes de octubre sus aulas universitarias se encargan de renovar los usos y costumbres locales. Por eso no es una ciudad de monumentos muertos, por muy bellos que sean, ni una ciudad frailuna, levítica. Cierto que hubo aquí mucho religioso, y es bien fácil imaginarse lo que fue el haldear de hábitos por el barrio antiguo camino de las lecciones o de la oración. Pero, junto a frailes, monjas y curas hubo siempre pícaros, ganapanes, buscavidas de naipes y taberna. Santos o diablos según las circunstancias, la ciudad no puede entenderse sin los unos y los otros. Para conocer Salamanca solo hay que sentarse en una terraza del barrio antiguo o en la plaza Mayor y observar a la gente que pasa: estudiantes, amas de casa, turistas, tunos con ganas de juerga... Y si queremos participar de la vida de la ciudad, podemos mezclarnos entre los estudiantes, comerciantes y funcionarios y seguirlos de tapas por el barrio antiguo Un buen paseo acompañado de visitas a los numerosos bares de tapas de la zona genera apetito y alegra el espíritu y el estómago. Y si deseamos llevarnos una imagen sorprendente y única, podemos quedarnos quietos y disfrutar, si el tiempo lo permite, de las bellas puestas de sol sobre las piedras de la ciudad. Para ello es aconsejable sentarse en la terraza del hotel Palacio de Castellanos y ver como cae la tarde sobre el convento de San Esteban, o bien quedarse en la plaza Mayor para admirar la luz, cambiante a cada momento, que parece hacer volatines entre las piedras. Salamanca está repleta de espacios silenciosos, rincones perdidos y calles añejas donde olvidarse de las preocupaciones: las Úrsulas, los numerosos claustros, el paseo Fluvial, el patio Chico... Y si tenemos suerte, tal vez nos encontremos en sus calles personajes como La Celestina, Lázaro de Tormes o el licenciado Vidriera...