Cordes-sur-ciel

Vale la pena dejarse seducir por el rostro amable de Cordes-sur-Ciel, un pueblo lleno de leyendas que se agrupa en torno a un promontorio rocoso semejando una madeja de piedra. Es uno de los tesoros arquitectónicos góticos más preciados cuyo descubrimiento convertirá tu visita en una agradable sorpresa. Encaramado al Puech de Mordagne y situado en un magnifico paraje, este pueblo medieval parece anclado en el tiempo. Admirando sus fachadas de arenisca rosa y gris y los juegos de luces que el sol describe en ellas se entiende por qué es también conocido como el pueblo de las cien ojivas. Dominando el Albigeois, Cordes-sur-Ciel se encuentra en un entorno privilegiado, pues está situado en el cruce del viñedo Denominación de Origen Gaillac y el inmenso bosque de Grésigne, de 4.000 hectáreas. Es una de las villas fortificadas más antiguas de Midi-Pirénées y su florecimiento marcó a la región durante la Edad Media. Fue fundada en 1222 por Raimond VII, conde de Toulouse, que deseaba erigir un bastión contra los avances de las tropas enviadas desde el norte de Francia para acabar con los cátaros. Rápidamente, Cordes-sur-Ciel experimentó una gran prosperidad gracias al comercio de paños, sedas y pieles. A medida que vas ascendiendo por las escarpadas callejuelas, observarás las numerosas y expresivas esculturas de las casas de Cordes-sur-Ciel. En las fachadas de gres ocre cobran vida dragones, animales y extraños personajes que confieren a la población una atmósfera de leyenda.