Cabo de San Vicente

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Sagres es el acceso al cabo de San Vicente, conocido como el Fin del Mundo desde la Edad Media y la punta más occidental de Europa. Una pequeña carretera que bordea la preciosa ensenada de Beliche, una maravillosa playa entre impresionantes acantilados, lleva hasta el cabo de San Vicente, donde, según dijeron los romanos, el sol hace hervir el mar cada tarde. Y es que las puestas de sol aquí son maravillosas... Mientras tanto, el faro del cabo, con sus sesenta y dos metros de altura, arroja su luz millas adentro en el Atlántico. Como fin de toda tierra habitada, el suelo se interrumpe de pronto, cruentamente, en forma de acantilado de sesenta metros sobre una agua oscura y misteriosa. Además, el viento que azota sin piedad, la neblina que acostumbra a recubrirlo y el faro que lo preside confieren al cabo de San Vicente —cuyo nombre homenajea al santo mártir cuyo cuerpo fue velado, allá por el siglo IV, por dos cuervos— un aire místico que concentra, cada atardecer a cientos de jóvenes que despiden al sol mientras se oculta por el horizonte. El cabo ya tenía, en el reinado de D. Manuel I, una luminaria que era mantenida encendida por los frailes capuchinos durante toda la noche. Con un alcance de noventa y cinco kilómetros, el faro es todavía hoy uno de los más poderosos de Europa. Su óptica pesa cuatro toneladas, una de las más pesadas del mundo y sigue despidiendo hoy en día a todos los buques que dejan Europa para cruzar el Atlántico. Cada día, sin falta, se repite uno de los más maravillosos espectáculos: el atardecer sobre el Atlántico. Despedir la luz, una experiencia muy recomendada.