Dubrovnik

La guinda del pastel, cierra con broche de oro estas costas. Dubrovnik la que fue república de Ragusa se envuelve de murallas medievales, que conserva con orgullo las fortificaciones con las que pudo mantenerse durante siglos como república independiente entre potencias del calibre del Imperio Otomano y la República de Venecia.

Nada como pasear y perderse por sus empinadas callejuelas, para encontrarse, de pronto, ante joyas como los conventos de los Dominicos y de los Franciscanos, o cualquiera de sus palacios.Dubrovnik es una bella ciudad costera, conocida como la perla del Adriático por su gran riqueza artística e histórica, hecho que le ha valido ser declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Cuando el viajero entre en el casco histórico sentirá detenerse el tiempo, trasladarse a un mundo de ensueño. Arte, cultura e historia se funden en esta preciosa ciudad, pequeña y accesible para el viajero, que va a disfrutar de grandes sensaciones al pasear por las calles del antiguo barrio de Stari Grad, el casco viejo de Dubrovnik. Sus calles empinadas con escaleras interminables, las murallas que lo rodean, sus palacios, iglesias, fuentes y museos hacen que el andar por esas cuestas, aunque sea cansado, merezca sobradamente la pena, pudiendo hacer paradas para disfrutar de las distintas vistas.

Se accede a la ciudad por dos lugares: al oeste por la puerta Pile y al este por la puerta Place, ambas con sus puentes levadizos, sus cadenas y una estatua del patrón de Dubrovnik, San Blas. Tras el primer contacto con la ciudad, se recomienda entrar en la Placa o Stradum, antaño un canal marino que separaba las viviendas nobles del sur de las plebeyas del norte y actual centro neurálgico de la urbe, para dejar que la luz de la piedra, la delicadeza de los edificios y los animados restaurantes, cuenten su propia historia.