Colmar

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Colmar, la indiscutible capital del vino alsaciano, es también la ciudad que mejor conserva su centro histórico. Aún se puede recorrer en barca su complejo sistema de canales por donde transportaban sus valiosos caldos. Por todos lados aparecen casas típicas, pintadas de colores pastel, que nos sumergen en su glorioso pasado. Como si de un cuento de los hermanos Grimm se tratara —aunque en Francia—, este pueblo parece que esté sacado de una maqueta, y eso que caminar entre sus calles es de los más real. En Colmar hay que verlo todo; lo que significa dejarse llevar por el encantamiento que produce pasear por sus calles y admirar boquiabierto las figuras, colores y flores que se presentan por el camino. La catedral, la casa de las Cabezas y, cómo no, la pequeña Venecia siguen encandilando a quien las ve. La pequeña Venecia de Alsacia es, además, desde que iniciara su actividad vinícola en el medievo, la capital del vino de la región. Se fundó en el siglo IX y desde entonces ha sabido conservar su patrimonio con mimo a pesar de los numerosos ataques sufridos por su situación fronteriza. Es imprescindible visitarla al atardecer para no perderse los juegos de luz que iluminan sus edificios más emblemáticos, gracias a un alumbrado nocturno flexible, único en Francia.