La Bisbal d’Empordà

Además de ser la capital de la comarca del Baix Empordà se la puede considerar también la capital de la cerámica, con una gran oferta de este producto avalada por un distintivo de calidad. En las tiendas que se alinean a lo largo de la carretera encontraremos todo tipo de cerámica popular, junto a otra más creativa que producen artistas locales. Los más interesados pueden acercarse al Terracotta Museu ubicado en una de las fábricas de revestimientos cerámicos más antiguas de la población. Posee un fondo de seis mil piezas entre objetos de cerámica, herramientas y maquinaria destinada a la fabricación.

Además de la cerámica, la Bisbal se distingue por las numerosas tiendas de antigüedades que han ido decorando las casas y masías fortificadas que la burguesía catalana puso en valor los años sesenta del siglo pasado. El río Daró, normalmente seco, divide la población en dos. A un lado el casco antiguo al que se puede acceder a través del Pont Vell un puente de factura medieval. Allí, presidiendo sendas plaza se encuentra el templo parroquial de Santa María, medio escondido por las edificaciones y el castillo, un una obra de los siglos XI-XII del románico civil catalán transformado en un interesante museo. Desde la azotea se domina una buena vista de toda la población.

En el capítulo de los dulces hay que probar el rus y el bisbalenc, dos productos de pastelería que han alcanzado merecida fama. El primero es un hojaldre con piñones y cabello de ángel y el rus, un pastel ruso que aquí han sofisticado hasta extremos inimaginables. Si nuestra visita coincide con Semana Santa, el aroma de los brunyols (buñuelos de viento) invade las calles de cualquiera de las poblaciones ampurdanesas. Todo ello y como hablamos de postres, regado con la Garnatxa del Empordà, un vino dulce fruto de la pasión vinícola de estas tierras