Baden-Baden

Este conocido centro termal aprovecha aún hoy las valiosas propiedades de sus aguas, de las que tanto se benefició la burguesía europea de los siglos XIX y XX. Aquí, esta clase social se reunía para disfrutar de las termas que en su día inauguraron los romanos —aún hoy visitables— y por extensión, de las fiestas que sus aristócratas visitantes organizaban en sus residencias. Por otra parte, Baden-Baden no es que sea precisamente un paradigma de patrimonio monumental; sin embargo, aquí se puede disfrutar en grande de su agitada vida comercial y sus paraísos de relax y cuidados corporales. La ciudad clásica se divide en dos. Por un lado está la antigua ciudad medieval, que se reconoce por el trazado irregular de las calles a pesar de la aparente modernidad de los edificios. Langestrasse es su vía principal: peatonal y muy animada, está llena de todo tipo de tiendas, algún café, alguna pastelería y sobre todo de gente que pasea. Desde aquí puedes dirigirte a las célebres termas de Caracalla, cuyo edificio, de soberbia fachada, refleja el boato que rodeó a Baden-Baden como ciudad balneario. Fuera de este trazado medieval, la ciudad se ensancha y muestra sorpresas tan interesantes como la nueva instalación de las termas de Caracalla, mucho más funcional y democrática o el museo del célebre Fabergé, joyero que hizo fama con los huevos imperiales creados para los zares de Rusia, así como para algunos miembros de la nobleza y la burguesía industrial financiera. La oferta en esta parte de la ciudad se mueve entre las elegantes boutiques que hay bajo sus arcadas, los jardines primorosamente diseñados, o el casino que hay en su interior —el más antiguo de Alemania—, y que en su día describió Marlene Dietrich como «el más bello del mundo».