Castillo Hohenschwangau

Viajar por estas tierras es vivir un poco como en un cuento de hadas en el que la fantasía se hace realidad. Así debió vivir el Rey Loco, que dirigió los destinos de Baviera entre 1864 y 1886. Las excentricidades del monarca destituido de su cargo por enajenación, deja en estas tierras una impronta de indudable valor para quien pasea por ellas. El castillo de La bella durmiente (Neuschwanstein), así como el de Hohenschwangau son dignos de inspiración de cualquier ficción que se precie. En el mismo lugar en el que se compran las entradas para ver el castillo de Neuschwanstein, existe también lo que fue la residencia de infancia del rey Luis II. Dado que fue un encargo de su padre, aquí la intervención fantasiosa de su hijo no tuvo mucho que hacer. La fortaleza, de presupuesto más comedido que el resto, resulta casi más acogedora y entrañable que su vecino Neuschwanstein. Fue entre las paredes de este castillo donde el rey conoció a Wagner y escuchó las últimas piezas del compositor en un piano cuadrado que todavía puede verse.