Tazones

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A orillas del mar Cantábrico se esconde este singular pueblo marinero, entre olor a sidra, mariscos y pescados. Sin apenas trescientos habitantes y con un recoleto puerto pesquero —antes ballenero—, Tazones, se suma a esa indefinida lista de pueblos con encanto. Guarda la esencia de la aldea asturiana, pero en este caso de una aldea peculiar, con hórreos, pero abierta al mar, con aires de villa. Su núcleo urbano es un entramado de calles empedradas que se cruzan en un laberinto amable de casas bajas. También hay caminos que no llevan a ningún sitio en particular, quizás a un promontorio inmejorable para disfrutar de la vista. Nos pongamos donde nos pongamos siempre descubrimos Tazones como un pueblo distinto, colorista, casi simétrico, en caída suave al mar; un pequeño espacio de color en el cosmos asturiano. Su litoral, duro pero también respetuoso, lo acoge en brazos y el pueblo ha ido creciendo en este apretón marítimo. Su amistad con el mar le viene de siempre y las pinturas de sus balcones y ventanas son tan intensas y con tanto brillo que imitan los días de sol abierto sobre su mar cercano. El olor a sidra, marisco y pescados nos alcanza en la vía principal. Existe una oferta apetitosa de chigres (establecimientos donde se expende y bebe sidra) y restaurantes que se nutren de la pesca autóctona. Una labor que se trata con mimo y que cuenta con puerto, cofradía, cetárea e instalaciones marineras para su desempeño. Aquí se dice que desembarcó nada menos que Carlos V, dueño de un imperio inabarcable, en su primer viaje a España el 19 de septiembre de 1517.