Marsella

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La gran afluencia migratoria que ha recibido Marsella a lo largo de su historia, especialmente africana y árabe, ha creado aquí un colorido crisol de rasgos, costumbres y culturas que hacen de ella una de las localidades más pintorescas del país. La visita a la ciudad bien puede comenzar en el puerto viejo, donde las embarcaciones de recreo y los aparejos de pesca comparten las mismas aguas. Desde aquí sale el trasbordador que va al pequeño islote frente a la costa, donde se encuentra el Château d’If, del que escapó el legendario conde de Montecristo de Alejandro Dumas. El castillo está desocupado y no ofrece gran interés al visitante, pero el ayuntamiento de Marsella ha decidido convertirlo en un punto turístico, recreando en su interior el ambiente de entonces. En el lado norte del puerto se encuentra el Quartier Panier, el barrio más antiguo de la ciudad, en el que vive gran parte de la población inmigrante de Marsella. Carece de vida nocturna, por lo que no es muy recomendable andar por allí a la caída de la tarde. Sin embargo, a plena luz del día no se corre ningún peligro y es agradable pasear por sus calles, estrechas, empinadas y llenas de color. Si deseas disfrutar de una bella panorámica de la ciudad, nada mejor que subir a Nôtre Dame de la Garde, una basílica del siglo XIX visible desde cualquier punto de la ciudad. Construida sobre un risco de 162 metros de altura, ofrece, indiscutiblemente, una excelente vista; aunque la fotografía más impactante de Marsella se obtiene desde la Corniche President John F. Kennedy, por lo que el viaje hasta allí es casi obligado. Es una carretera de tres kilómetros junto al mar, con las islas enfrente, rodeada por un tremendo macizo y, a lo lejos, la costa formando una línea tortuosa.