Saint-Tropez

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Este pueblo que hace de transición entre la Provenza y la Costa Azul propiamente dicha, es un lugar pequeño y encantador, y uno de los más conocidos del mundo. Escala inevitable de la jet-set, Saint-Tropez sorprende por su simplicidad y su aspecto rústico y tradicional, sus pequeñas callejuelas, la Place des Lices, sus playas… La localidad abriga pequeñas tiendas de grandes diseñadores de la alta costura y del prêt-à-porter. Sus murallas y la ciudadela dan testimonio de la historia de la localidad, pequeño puerto de pescadores hasta la llegada de Guy de Maupassant y Paul Signac. La ciudad ha cambiado muchísimo desde el siglo XV. En esa época no era más que un puesto militar en la costa y ha acabado convirtiéndose en un centro de vacaciones. A comienzos del siglo XX era un pequeño pueblo en decadencia al haber perdido su función comercial y agraria. La Segunda Guerra Mundial dejó una profunda huella en su fisonomía, aunque, por otra parte, fue de los primeros enclaves liberados en el sur después del desembarco de Provenza. Con todo, no fue a hasta los años 1950 cuando se convirtió en uno de los centros referencia del turismo de lujo, primero por la afluencia generosa de los artistas de la Nouvelle Vague y, finalmente, por ser punto de confluencia de la jet-set europea y norteamericana en busca de la autenticidad provenzal. El puerto y la ciudadela han escapado a la invasión turística de una población en la que sobresale la torre pintoresca de la iglesia barroca. Las terrazas de los cafés del viejo puerto son un mirador privilegiado para observar a los inquilinos de los lujosos yates o coches, y los ricos y famosos que deambulan para ser vistos. Aquí se dejan caer, especialmente en verano, actores como Jack Nicholson, Bruce Willis, Eva Longoria o Penélope Cruz, además de todo tipo de personajes de la denominada jet-set. Pero no todo es sol y playa en Saint-Tropez, la localidad acoge también museos interesantes.