Ravello

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Muy cerca de Nápoles, entre Sorrento y Salerno, se sitúa lo que se conoce con el nombre de Costa Amalfitana, un pedazo de paraíso a orillas del Mediterráneo declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1997, y que durante años sirvió de refugio a artistas, aristócratas y millonarios de medio mundo. El comienzo de nuestro itinerario por la costa bien puede ser la ciudad de Ravello. Abierta al golfo de Salerno, esta población es un magnífico balcón natural sobre las terrazas cultivadas, la montaña y el mar. Un remanso de paz lejos del bullicio de la costa, pues para llegar hay que subir algunos kilómetros desde el camino costero. Desde lo alto de sus 350 metros, se asoma al espléndido mar azul de la Costiera Amalfitana, unas vistas verdaderamente hermosas. A simple vista el visitante podrá apreciar la intensa impronta morisca que caracteriza a la iglesia de Santa Maria a Gradillo. Construida entre 975 y 1018 d.C., no fue consagrada hasta el año 1276 y reconstruida en el 1715 después de que la cúpula central se derrumbara parcialmente. Poco después de la iglesia encontramos los restos del antiguo castillo fortificado de Ravello, construido al principios del siglo XIII. Pasado el castillo, nos podemos sumergir en el auténtico corazón de la ciudad, en la plaza Vescovado, lugar de encuentro y donde se levanta el Duomo, catedral fundada en el siglo XI. Destaca del exterior la puerta de bronce, proyectada en 1179 por Barisano da Trani. En la misma plaza Vescovado se puede distinguir un antigua torre que en el pasado tenía la función de avisar y defender de posibles ataques a la magnifica Villa Rufolo, coreográfico conjunto de edificios datados en el siglo XIII e inmersos en una vegetación increíblemente variada y lujosa. Su ilustre y último habitante fue el compositor Richard Wagner, quien escribió aquí el tercer acto de su Parsifal.